"La habitación se encontraba cuasi en una penumbra total, la única luz provenía de una vela cuya débil llama danzaba formando siluetas a su antojo. Sobre el escritorio un montoncito de hojas nuevas pulcramente colocadas, una pluma de oca y su correspondiente tintero.
Llevaba todo el día pensando en lo que iba a escribir, en las palabras que utilizaría para dar el que, sin ningún lugar a dudas, sería un paso sin retorno.
Sin embargo por mucho que le costase siempre le resultaría más sencillo que expresarse de viva voz. La literatura siempre fue su idioma, su arma, su consuelo y desahogo.
Cuan fáciles parecían las cosas cuando se trazaba el plan en la mente... pero cuan difíciles se tornaban a la hora de hacerlas realidad.
¿Cómo empezar? ¿Saludando tal vez? ¿O quizá mejor usando algún apelativo cariñoso?
Los nervios le recorrían todo su cuerpo como pequeñas descargas eléctricas y su cuerpo comenzaba a estremecerse presa de la ansiedad.
- No puedo, todo esto me supera. - se decía a la vez que enterraba su rostro entre sus manos - ¿Cómo puedo pretender siquiera que vaya a leer lo que le escriba? Debo de hacerme a la idea de que soy invisible para ella. Jamás me verá como quisiera que lo hiciera. Maldita la hora en que permití que naciera y creciera este sentimiento. ¿Por qué insisto en torturarme de este modo una y otra vez? ¿Por qué no puedo dejar de tropezar siempre en la misma piedra?
Las lágrimas, que comenzaban a aflorar en sus ojos, pronto empaparían sus mejillas y el pulcro papel que descansaba bajo sus cansadas y temblorosas manos.
Tras un par de intentos logró serenarse y reprimir esa sensación de impotencia que le invadía siempre que pensaba en ella. Respiró hondo y comenzó a escribir con trazos firmes y elegantes.
"Querida Selene, no podéis llegar a imaginar cuan difícil me resulta escribir estas líneas para vos.
Desde que os vi por primera vez supe que mi alma y mi corazón os pertenecerían para el resto de la eternidad. Sin embargo soy consciente de la abismal diferencia de clases que hay entre nosotros. Vos sois la princesa del reino y yo no más que un vulgar trovador al que ni tan siquiera la voz acompaña ya.
Por vos, mi amor, estoy perdiendo la cordura y puede que también la vida. Mas ya no me importa, pues el vivir sin vos no es sino una tortura insufrible. Es por ello que he tomado la decisión de confesaros mi amor y asumir el riesgo de un más que seguro rechazo.
Tan sólo os ruego que no os burléis de mis sentimientos cuando esta misiva leáis, pues está escrita con todo el amor y ternura de mi ser.
Y ahora ya solo me resta despedirme, rogando a todos los dioses, para que ocurra el milagro de que mis sentimientos sean correspondidos por tu dulce y cálido corazón. Si así fuera os ruego que os reunáis conmigo al ocaso junto a la fuente que adorna el centro de los jardines de vuestro palacio.
Con amor sincero e infinito de vuestro humilde y servil siervo, el último juglar"
Con manos temblorosas introdujo su declaración en un sobre y haciendo uso de su sello lacró el sobre a la antigua usanza. Ahora quedaba el paso más difícil, entregarle la nota a la dueña de sus ilusiones. Su corazón palpitaba con violencia mientras salía de la habitación y cogía su abrigo antes de dirigirse al portal donde vivía su particular princesa.
Llegó en apenas 5 minutos y franqueó la puerta que nunca se cerraba, pues era un barrio tranquilo y los vecinos no sentían la necesidad de hacerlo.
Frente a su buzón dudó unos instantes antes de depositar el sobre en su interior. Mientras sentía como el papel resbalaba de sus dedos lentamente sentía como todo su ser se estremecía ante ese instante en el que ya no había vuelta atrás.
Sus pasos le llevaron de regreso a casa, dando un pequeño rodeo para contemplar el jardín de su princesa, ese jardín que juntos había descubierto tiempo atrás, una noche que ahora se le antojaba muy lejana. Lentamente subió los pocos peldaños que separaban la planta baja de la entrada de su modesta vivienda, introdujo la llave en la cerradura y se dispuso a entrar.
Fue entonces cuando notó su presencia. Su aroma era inconfundible para él, no había otro ser en el mundo que despertara esas sensaciones en su ser.
Ella estaba sentada en la escalera que daba al segundo piso, con la carta de él en la mano y lágrimas en los ojos.
Pero no eran lágrimas de tristeza ni de dolor sino lágrimas de emoción y de amor.
Ella había estado guardando el mismo secreto tanto tiempo como él por el mismo temor a no ser correspondida. Casi había perdido la esperanza de conquista a su bello juglar, cuando lo vi depositar un sobre en su buzón.
El azar había querido que estuviera bajando por la escalera hacia el portal en ese mismo instante.
Sin demorar ni un solo segundo lo abrió y sus ojos se inundaron con la emoción al contemplar tan esperada declaración de amor.
Ahora no hacían falta las palabras, todo estaba dicho y las miradas hablan su propio idioma.
Cogidos de la mano caminaron hasta su fuente y tendido sobre la mullida hierba contemplaron el cielo estrellado mientras se consumaba su amor."
Porque todos tenemos derecho a soñar y ser felices, porque nadie debería de sufrir la tortura que supone un amor no correspondido y porque no hay mejor regalo que un sentimiento nacido del corazón, hoy os quiero regalar este relato con el que desearos que todos vuestros sueños se hagan realidad.
Y para ti gatita (tu ya sabes quien eres) que en el anterior relato deseabas un final feliz, este va dedicado con mención especial. No pierdas nunca esa ilusión de quinceañera, es la que mantiene vivo el deseo y el amor en el alma y el corazón.
Mil besos y abrazos para tod@s.
Gracias por venir
MDM — 13-11-2006 11:26:36
lara — 13-11-2006 11:26:47
Miada — 13-11-2006 11:37:14
Sakkarah — 13-11-2006 12:33:18
Credendo Vides — 13-11-2006 18:16:43
Istharb — 13-11-2006 18:46:12
carol — 14-11-2006 01:10:28
yahoraquebonita — 14-11-2006 11:56:47
elisa — 15-11-2006 17:24:01
jacobe — 16-11-2006 05:18:07
Ardid — 16-11-2006 13:47:17
Ninfita — 17-11-2006 15:12:54